Hay cosas que nunca cambian, y otras que lo hacen de forma tan surrealista que parecen sacadas de una película de enredos. Si no fuera porque es para echarse a llorar, diría que es una jaimitada; así que aquí seguimos en un suma y sigue.
Echando la vista atrás, me doy cuenta de que llevo desde 2013 batallando con este maldito tema del desahucio. Sí, leéis bien: más de una década en la que sigo exactamente en la misma casilla de salida, defendiendo un lugar donde vivir, lidiando con demandas y recordándole al mundo que yo no soy una okupa ni tengo un contrato de alquiler al uso. Para ser exactos, me convertí en precarista a la fuerza desde el momento en que judicialmente se adjudicó mi vivienda al banco, que a su vez la escrituró a nombre de una empresa de la que formaba parte (son como Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como), y desde entonces la burocracia y los intereses ajenos llevan años intentando tragarme.
Como precarista (figura poco conocida como tal), en Viviendas Municipales de Bilbao —al incumplir con su reglamento general al no ser la prestataria del crédito por el cual otorgaron mi vivienda al Banco— no me han dado una solución habitacional. Decir que por lo menos me han incluído el expediente dentro del nuevo lote de viviendas de alquiler social que han sacado. Pero ojo, admitida no significa que me la vayan a conceder; estoy a la espera y dependiendo de la gente que está con más antigüedad.
Mientras tanto, ahí fuera el panorama político parece una feria sin descanso. En Madrid se discute de todo, pero sobre todo de vivienda, y el debate está más encendido que nunca. El pistoletazo de salida ha sido el desahucio en Madrid de la mujer de 87 años, Maricarmen (tristemente me acabo de enterar que ha fallecido en el hostipal,... pobre mujer). Tenemos a los partidos de todos los colores —desde los dos que se han comido el pastel, hasta los grupos vascos, catalanes y del resto del Estado— defendiendo o tumbando enmiendas y decretos de vivienda según sople el viento y les convenga para sus poltronas. Unos partidos se atreven a querer blindar medidas sociales y otros votan en contra o las bloquean, con el resultado de que los decretos caen en el Congreso, los políticos se echan las culpas unos a otros y la ciudadanía se encuentra totalmente dividida y harta de tanto paripé. Con este panorama tan revuelto, el ambiente ya huele a elecciones anticipadas convocadas para noviembre.
Pero la verdadera chispa no está solo en los hemiciclos, sino en la calle. Las personas, en la calle, hartas de promesas vacías; la gente —y especialmente los jóvenes— ha dicho basta. Las acampadas por el derecho a la vivienda se han extendido como la pólvora por todo el país: desde la emblemática Puerta del Sol en Madrid hasta nuestra querida Plaza del Arriaga aquí en Bilbao, pasando por plazas de Barcelona, Valencia, Sevilla y tantas otras ciudades. Algo se está moviendo en el ambiente, una marea de dignidad ciudadana que reclama soluciones reales. Y ojalá que de todo este revuelo político y de estas elecciones anticipadas que se avecinan salga por fin algo bueno y en particular, para las personas y familias que sufrimos la precariedad habitacional.
¡Me encanta ver que la sociedad despierta del letargo!
¿Y qué pasa en mi micromundo particular mientras la clase política se tira los trastos a la cabeza? Pues que la maquinaria judicial sigue su curso, aunque a veces haga aguas por todas partes. La anterior empresa intentó meterme un lanzamiento que mi abogado logró anular a las puertas del día del desahucio (un lunes y la fecha era para el jueves de esa semana). Como vieron que tenían que liarse a otra demanda, lo que hicieron fue vender la casa a otra empresa —la actual, Lenicata, una gran tenedora, no sé si buitre, gavilán o paloma— para empezar de nuevo. Recibí su demanda antes del verano y, claro, me tocó mover ficha otra vez: pedir de nuevo la justicia gratuita, cruzar los dedos y esperar. La buena noticia de la semana pasada es que, al menos por ese lado, me la han concedido.
Lo gracioso (por no llorar) es el nivel de "despiste" o de caradura que se gastan en esta demanda. ¡Dicen que no saben quién soy! En su propio escrito afirman que ignoran quién ocupa la vivienda, cuando llevan desde el minuto menos uno sabiendo perfectamente quién soy, dónde estoy y tienen mi historial más que pateado.
Menos mal que mi abogada no está dispuesta a pasar ni una. Ha presentado un recurso que les desmonta el chiringuito de esa supuesta ignorancia de quién soy. Básicamente, lo que viene a decir es que la demanda hace aguas porque se saltaron a la torera el trámite obligatorio de intentar negociar previamente de forma seria y directa conmigo
Así que nada, aquí me tenéis. Con los decretos de vivienda cayéndose en Madrid, las plazas llenas de tiendas de campaña pidiendo justicia y los fondos o empresas de turno intentando colarla en los juzgados con trampas de andar por casa. Por nuestra parte, recurso presentado y a la espera de que el juzgado ponga las cosas en su sitio y eche para atrás semejante despropósito.
Suma y sigue, amigas/os. Pero que nos quiten lo bailado (o lo resistido).
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